El “Siglo de Oro”

El “Siglo de Oro”

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Dedicado a mi amigo Pablo

El modo barroco nace con respecto a los conflictos religiosos del siglo XVII: frente a la tendencia protestante de erigir espacios para el culto de una manera absolutamente sobria, la iglesia católica considerará para sus fines litúrgicos la grandiosidad y la complejidad del ornamento; en este sentido se puede afirmar que el barroco es la expresión estética de la Contrarreforma. Por ende, este período de tiempo, recibió el apodo de “Siglo de Oro” pues en la sensibilidad barroca se aprecia una tendencia espectacular hacia lo ornamental, un gusto desmesurado por la ampulosidad y lo excesivamente recargado, una búsqueda de la originalidad por sobre todo, un abandono de las reglas de la estética clásica y un predominio de la fantasía sobre la fiel representación de la realidad. Este es el siglo de los brillos.

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El vestuario es armado en la misma ley: el exagerado cuello evoluciona hasta que cae por delante y por detrás dándole formas distintas, cuando eran cuadrados se les dio el nombre de “valonas”. Los vestidos femeninos eran de gran formato, con faldas estructuradas a través de armazones en pro de un mayor volumen; capas de largos prominentes; mangas tipo globo; telas satinadas o brillantes con estampados recargados, bordeadas por arreglos florales o detalles en cintas de seda; grandes sombreros, tocados o cintos de seda y perlas coronando verticalmente el atuendo.

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El revestimiento masculino sufrió el cambio más radical: a principios de siglo los hombres seguían llevando las prendas de finales de la Edad Media (casaca, calzones, calzas y capa), aunque durante la primera mitad del siglo se impuso la casaca como prenda militar o de viaje. En el siglo XVIII, después de algunos cambios este elemento se convirtió en chaqueta; con esto hacia 1680 el atuendo masculino ya tenía la apariencia actual excepto en el largo de ésta y en el uso de calzones en lugar de pantalones: este atuendo marcará la vestimenta aristocrática europea durante un siglo.

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La peluca, excentricidad que alcanzó su máximo apogeo en el siglo siguiente, fue introducida por Luis XIII para ocultar su incipiente calvicie (después de haber puesto de moda su cabellera rizada) y figuró durante más de un siglo como prenda indispensable en todo guardarropa. Empolvada en blanco o gris, grande y aparatosa o pequeña y sencilla, sustituyó al pelo natural, mezclándose con joyas, gasas, plumas, flores y cintas: a más espectacularidad, mayor prestigio se ganaba socialmente. El rizo y los tirabuzones, que triunfaron definitivamente en la época del rococó empezaron a crearse, por primera vez, de manera artificial mediante palos cilíndricos que luego se sometían al calor de hornos de panadería. La técnica perduró y, siglos más tarde, en ella se basaron las primeras permanentes en caliente. Con la llegada de la Revolución Francesa, en 1789, finalizó la ostentación de estos siglos, y la sencillez y la comodidad a las que las clases bajas nunca habían renunciado, se impusieron por encima de las costumbres sofisticadas, que fueron despreciadas por los revolucionarios. Las pelucas desaparecieron por completo y volvió el gusto por el pelo natural.

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Hoy podemos ver el modo barroco presente en las colecciones de algunos diseñadores, como es el caso de la más reciente que pertenece a Chanel, armada por Karl Lagerfeld y presentada en la Semana de la Moda en París. Ésta recibe el nombre de ” Neon – Barroco” e involucra trajes de chaqueta en base a tweed, colores pastel, perlas en costuras y collares portados a la espalda.

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