Lo bello, la moda y la felicidad por Charles Baudelaire

Lo bello, la moda y la felicidad por Charles Baudelaire

Charles Baudelaire fue un poeta francés, conocido por haber sido el primer traductor de Edgar Allan Poe, además de haber producido un montón de ensayos críticos referidos a distintas materias, como el arte y la poesía. Baudelaire acuñó el término “modernidad” para hablar de la experiencia efímera en las nacientes metrópolis urbanas. Y aunque se dedicó a discutir temas propios de la intelectualidad parisiense, Baudelaire también estaba al tanto de temas como la moda y la belleza. Aquí revisamos los puntos fundamentales del primer ensayo El pintor de la vida moderna (1863), donde el francés trata temas acerca de lo bello, la moda y la felicidad.

“Hay en el mundo, incluso en el mundo de los artistas, personas que van al museo del Louvre, pasan rápidamente, y sin concederles una mirada a una multitud de cuadros muy interesantes, se plantan soñadores ante un Tiziano o un Rafael. Salen satisfechos, y más de uno diciéndose: «Conozco mi museo». Hay otras personas que, al haber leído a Bossuet y Racine, creen poseer la historia de la literatura.

Por suerte, de vez en cuando aparecen críticos, aficionados o curiosos que afirman que no todo está en Rafael, que no todo está en Racine, que los poetas menores tienen algo bueno, sólido y delicioso; y, en fin, que por mucho que se ame la belleza general que expresan los poetas y los artistas clásicos, no por ello es menos equivocado descuidar la belleza particular, la belleza circunstancial y los rasgos de las costumbres”.

“He de decir que el mundo, desde hace varios años, se ha corregido un poco. El precio que los aficionados fijan ahora a las gentilezas grabadas y coloreadas del pasado siglo demuestra que se ha producido una reacción en el sentido que el público necesitaba; Oebucourt, los SaintAubin, y muchos otros, han entrado en el diccionario de los artistas dignos de ser estudiados. Pero esos representan el pasado, y hoy quiero dedicarme a la pintura de costumbres actuales. El pasado es interesante no solo por la belleza que han sabido extraerle los artistas para quienes era el presente, sino también como pasado, por su valor histórico. Lo mismo pasa con el presente. El placer que obtenemos de la representación del presente se debe no solamente a la belleza de la que puede estar revestido, sino también a su cualidad esencial de presente”.

“Tengo ante mis ojos una serie de grabados de modas que comienzan en la Revolución y acaban más o menos en el Consulado. Estos trajes, que hacen reír a muchas personas irreflexivas, personas graves sin verdadera gravedad, presentan un encanto de doble naturaleza, artístico e histórico. Muy a menudo son bellos y están espiritualmente dibujados; pero lo que me importa es la moral y la estética de la época. La idea que el hombre se hace de lo bello se imprime en toda su compostura, arruga o estira su traje, redondea o ajusta su movimiento, e incluso penetra sutilmente, a la larga, los rasgos de su rostro. El hombre acaba por parecerse a lo que querría ser. Esos grabados pueden ser traducidos en bello y en feo; en feo, se convierten en caricaturas; en bello, en estatuas antiguas”.

“Las mujeres vestidas con esos trajes se parecían más o menos unas a otras, según el grado de poesía que las marcara. La materia viva hacía ondulante lo que nos parece demasiado rígido. La imaginación del espectador hoy todavía puede mover y estremecer esa túnica y ese chal. Un día de estos, quizás, aparecerá un drama en un teatro cualquiera, donde veremos la resurrección de esos trajes bajo los cuales nuestros padres se encontraban tan encantados como nosotros bajo nuestros pobres vestidos (que también tienen su gracia, es cierto, pero de una naturaleza más bien moral y espiritual), y si los llevan y animan comediantes inteligentes, nos asombraremos de haber reído tan a la ligera. El pasado, aún conservando lo excitante del fantasma, recobrará la luz y el movimiento de la vida, y se hará presente”.

“Si un hombre imparcial hojeara una por una todas las modas francesas desde el origen de Francia hasta el presente, no encontraría nada de chocante. Ni siquiera de sorprendente. Las transiciones estarían tan abundantemente cuidadas como en la escala del mundo animal: ninguna laguna, por tanto, ninguna sorpresa. Y si añadiera a la viñeta que representa a cada época el pensamiento filosófico que más la ocupaba o agitaba, pensamiento del que la viñeta sugiere inevitablemente el recuerdo, vería qué profunda armonía rige todos los componentes de la historia, y que, incluso en los siglos que nos parecen más monstruosos y locos, el inmortal apetito de lo bello ha encontrado siempre satisfacción”.

“Es esta una buena ocasión, en verdad, para establecer una teoría racional e histórica de lo bello, por oposición a la teoría de lo bello único y absoluto; para mostrar que lo bello es siempre, inevitablemente, de una doble composición, aunque la impresión que produce sea una; pues la dificultad de discernir los elementos variables de lo bello en la unidad de la impresión, no invalida en nada la necesidad de la variedad en su composición”.

“Lo bello está hecho de un elemento eterno, invariable, cuya cantidad es excesivamente difícil de determinar, y de un elemento relativo, circunstancial, que será, si se quiere, por alternativa o simultáneamente, la época, la moda, la moral, la pasión. Sin ese segundo elemento, que es como la envoltura divertida, centelleante, aperitiva, del dulce divino, el primer elemento sería indigerible, inapreciable, no adaptado y no apropiado a la naturaleza humana. Desafío a que se descubra una muestra cualquiera de belleza que no contenga esos dos elementos”.

“En la obra más frívola de un artista refinado perteneciente a una de esas épocas que calificamos demasiado vanidosamente como civilizadas, la dualidad se muestra igualmente; la porción eterna de belleza estará al mismo tiempo velada y expresada, si no por la moda, al menos por el temperamento particular del autor. La dualidad del arte es una consecuencia fatal de la dualidad del hombre. Consideren, si quieren, la parte eternamente subsistente como el alma del arte, y el elemento variable como su cuerpo. Por eso Stendhal se ha aproximado a la verdad más que muchos otros, al decir que lo Bello no es sino promesa de la felicidad. Sin duda esta definición sobrepasa el fin; somete demasiado lo bello al ideal infinitamente variable de la felicidad; despoja con excesiva presteza lo bello de su carácter aristocrático; pero tiene el gran mérito de alejarse decididamente del error de los académicos”.

Imágenes: fashion-era.com/ victoriana.com/ wikipedia.org

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